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30/3/09

La edad de la vileza (La palabra ingenua)

La Palabra Ingenua 30/03/2009

Por runa, comunidad del río hablador

La edad de la vileza

Keiko Fujimori con 19% de intención de voto urbano es quizás la peor noticia política de los últimos años. Resulta paradójico que su padre esté apunto de recibir sentencia, pues esa sería una de las mejores noticias en lo que se refiere a jurisprudencia en derechos humanos.

Pero la aparente fuerza electoral del círculo de mentirosos profesionales que protagonizó el faenón más grande y prolongado de nuestra historia no viene sola. La vileza, la hipocresía descarada y la manipulación grosera de la “opinión pública” parecen haberse reinstalado en las primeras planas después de haber “pasado piola” durante algunos años. La pedantería de Alan al ofrecer un veto contra los candidatos “primitivos” es la muestra de más alto nivel de esta tendencia. El despropósito de premiar a Magaly Medina por el Día de la Mujer es su lado farandulero. La muerte de Edmundo Camana cuando estaba bajo el cuidado del mitómano congresista Edgardo Núñez, es su ejemplo más macabro.

¿Cómo llega a ser congresista un sujeto como Núñez, que construye una mentira tras otra para “defender” a los militares acusados de crímenes? Aquí ya no está en cuestión su postura política: él puede pensar que la Comisión de la Verdad fue prosenderista o la tontería que le dé la gana. El problema es que con su forma cotidiana de acción está (re)legitimando socialmente el famoso “miente miente que algo queda”. Lo importante para este señor no es si puede demostrar o no alguna de las mil acusaciones por minuto que salen de su creativa cabeza, sino dejar la sensación de que los “caviares” persiguen injustamente a valientes efectivos que defendieron la patria. Se le ha desmentido una y otra vez: está claro que hacer roche es algo que le tiene sin cuidado, siempre y cuando sea útil para los intereses que defiende. Cuando la verdad se convierte de una manera tan descarada en lo menos importante, el nivel del debate deja de ser simplemente pobre, que es lo que suele ocurrir, y se convierte en vil. Pero ahora estamos hablando de la muerte de una persona en una situación extrañísima, y la vileza de Núñez ya dejó de ser simplemente exasperante para raspar con la delincuencia.

Por supuesto, el experto en sacrificar una mínima sinceridad o coherencia política en el altar del poder es Alan García. Pero con Alan no solo preocupan sus mentiras ni el descaro con el que ha prometido que el 2011 le meterá cabe a cualquier candidatura crítica al modelo, sino la convicción combatiente con la que defiende el modelo. Alguien me comentaba hace un rato que si uno compara los discursos de García versión1.0 en la época de la nacionalización de la banca con los discursos del García versión 2.0 reunido con banqueros, parece que estuviéramos analizando al Dr. Jekyll y a Mister Hide. ¿Qué es lo que ha cambiado en este tiempo? ¿La nueva realidad del mundo globalizado? No parece tratarse de eso: Alan está muy lejos del fructífero debate ideológico que también al interior de las derechas está teniendo lugar a raíz de esta crisis financiera global. En este caso, una convicción tan cerrada y violenta no tiene que ver (solo) con el fanatismo del converso, sino con la defensa concreta de ganancias concretas de empresarios concretos. Alan ya no da discursos de corte pedagógico para explicar “al pueblo” la lógica de sus medidas, como hacía en los 80: ahora charla con magnates de todo el mundo para prometerles que nada va a cambiar. La corrupción es usar de manera oculta un cargo de poder para beneficio particular; pero usarlo abiertamente para patrocinar y defender el lucro de los grandes grupos privados es también envilecer la política.

A Magaly no le voy a dedicar mi tiempo, porque supongo que no es necesario argumentar que su negocio es distraernos con asuntos que no son importantes. En todo caso, ella está emparentada con Alan por el lado hipócrita: aquel famoso Fuego Cruzado en el que exigió a Ferrando una televisión educativa y cultural y que no utilice a la personas es un documento indispensable para tener en cuenta que la mayor vívora de la tele era antes una moralista. Lo que sí resulta absolutamente indignante es que ella sea considerada para un premio que deberían recibir miles de mujeres ejemplares de nuestro país. Usar el Congreso para premiar el chisme, el raje, la difamación y las cortinas de humo es envilecerlo aún más.

Así pues, que haya muchos peruanos y peruanas que piensen en votar el 2011 por una señora que nunca ha opinado nada sobre otra cosa que no sea su papi, es solo otro dato aterrador en un proceso de envilecimiento del debate político. Un dato que nos habla de cómo estamos fallando todxs lxs que decimos estar preocupados por complejizar el nivel de conciencia de la sociedad civil. Existen posibilidades reales de volver a los tiempos del robo conchudo y de las tesis del autosecuestro y la autotortura, épocas en que no importaba un comino no digamos la legalidad, la democracia y la Constitución, sino ni siquiera demostrar una mínima consistencia política, una mínima convicción acerca de cualquier cosa o una mínima capacidad de argumentar acerca de algún tema. ¿Estamos en las puertas de otra década del show, los sicosociales, las campañas de demolición, las amenazas de muerte, las muertes? ¿O es que acaso ya entramos en ella?


Nota: el documento original ha sido elaborado con OpenOffice.org Writer como procesador de textos. Utilice y difunda software libre: ¡No al monopolio corporativo de Microsoft y compañía!

2/3/07

El cuento de la roca

(Grupo Acontecimiento)

Cierta vez los habitantes de un pueblo se sentían molestos por la existencia de una gran roca que obstruía el paso. Pareciera ser que la única manera de aliviar los problemas de esa aldea era remover el montículo rocoso. La roca era el mal del que había que deshacerse. Existía el convencimiento generalizado de que sólo después de removerse la roca se podrían realizar proyectos innovadores. A ciencia cierta no había una cabal idea acerca de porqué sería aconsejable deshacerse de la roca, pero lo cierto es que ésta absorbía toda la vida del pueblo. La sensación era que su apartamiento despejaría una situación dada y que entonces se podrían hacer cosas que se pensaba eran beneficiosas para la comunidad. Por supuesto que no todos opinaban igual ya que existían personas directamente favorecidas con su existencia y hacían lo imposible para mantenerla.

Así es que el sector más progresista del pueblo definió su estrategia de acción proponiendo una lucha sin cuartel contra el odiado obstáculo que implicaba hacer todo lo posible para acumular la mayor cantidad de poder, y de esa forma, enfrentar con éxito al poder enemigo. Las acciones se fueron poco a poco incrementando hasta que se llegó a un acto casi decisivo consistente en dinamitar la enorme roca. Pero el resultado no fue bueno ya que se abrió un cráter tan profundo que ahora el paso seguía impedido, pero en vez de serlo por una altura insoportable, lo era por un abismo igualmente intolerable. Sin embargo los progresistas no desmayaron en sus esfuerzos y renovaron sus intentos una y otra vez de ntro del mismo plan que consistía en enfrentar en términos de conflicto, negación y oposición al maldito impedimento. Pero los resultados eran siempre los mismos: aunque la roca, o el cráter, o lo que viniera a resultar del enfrentamiento, pudiera quedar dañado, siempre el resultado venía a desempeñar el mismo papel que la primitiva roca. Y entonces, nuevamente todas las energías del pueblo se concentraban en volver a enfrentarse con el pertinaz obstáculo que insensiblemente iba tomando la forma, casi incorporal, de un sistema.

Como sucede en muchos cuentos que es siempre un anciano el que empieza a marcar el nuevo camino a seguir, diremos que en este relato será también un antiguo habitante el que empezará a torcer el destino de ese pueblo desanimado. La frustración había llegado a tal extremo que una enfermedad de la conciencia se había apoderado de una parte de ellos: la enfermedad del resentimiento. Esta enfermedad tenía tres síntomas; primero, una cierta tranquilidad de conciencia por haber luchado contra el sistema y aún seguir manteniendo su oposición; segundo, el convencimiento de que los males que aquejaban al pueblo eran culpa siempre de los otros, el sistema en primer lugar, y de todos los que no se oponían a él, pero también del resto de los que se oponían puesto que, razonaba el resentido, se están equivocando en algo ya que el sistema – nuestra conocida roca– sigue en pié; y tercero, un paulatino y paradojal acoplamiento a la realidad que se pretende modificar, puesto que al depender toda su actividad crítica de esta realidad y de los que supuestamente la combaten mal, queda ligado a ella más de lo que pueda llegar a imaginárselo alguna vez.

Una vez instalado el resentimiento en ese grupo importante de pensadores críticos, el resto de los habitantes quedan atrapados en una situación un poco incómoda, ya que si tratan de seguir su lucha contra el enemigo se ven cuestionados por el grupo de los resentidos que siempre les señalan lo equivocado de su acción, y a esto debe sumársele la decepción natural que representa tantos años de lucha sin resultados positivos. En vista de esa desazón empezó a desparramarse al resto de la población un efecto derivado del resentimiento que es el de interesarse únicamente por su situación personal, desinteresarse del mundo y a excusarse de su retiro con una pregunta que parece natural: ¿qué puedo hacer frente a este poderoso sistema?

Es a partir de esta interrogación que comienza a intervenir el noble anciano de nuestro cuento. El sabio en vez de tratar de contestar la pregunta empezó por analizar todo lo que ella ya responde. Él pensaba que toda pregunta se dispara a partir de una serie de condiciones que uno da por ciertas aunque no lo sepa en forma consciente. Esas condiciones son una muestra de todo lo que ya está instalado en el corazón de quien pregunta. De su minucioso análisis pudo llegar a las siguientes conclusiones: primero, que la pregunta busca que otro le dé una respuesta, y sólo tiene sentido una actitud de este tipo si se presupone que hay alguien que sabe, o puede saber, lo que hay que hacer. La segunda conclusión proviene de haberle llamado la atención la utilización de la palabra frente, pues parecía que el interrogador se colocaba enfrente del problema, como si éste –en definitiva la roca– fuera un término exterior a su voluntad y no algo en el que se encontrara implicado en su interior, en el sentido de que su propia manera de existir tuviera que ver con la cuestión. En tercer lugar, le resultó llamativo que le atribuyera la cualidad de poderoso a su adversario con lo cual él se ubicaba en el lugar del débil. Finalmente, y como cuarta conclusión, se apercibió que la pregunta no abría un problema real nuevo, sino que se sostenía en un trasfondo de justificación de una situación de hecho, para el caso la posición del resentido.

Uniendo los hilos de su análisis el anciano compuso un cuadro cuya síntesis formuló de esta manera: es hora de hacer otra cosa, puesto que lo que venimos haciendo y sus efectos sólo producen resentimiento que es un entramado que combina una posición de sometimiento al supuesto saber de otro, que además se desresponsabiliza respecto al problema asumiendo el papel de víctima y le atribuye el poder al sistema desconociendo su propia capacidad para poder-hacer y, finalmente, es estéril, porque lo único que hace es justificar lo que ya está.

El venerado hombre de edad comentó a sus más allegados lo conveniente que sería construir un camino. ¿Y la roca?, preguntaron casi al mismo tiempo, pero el anciano ni se inmutó, como si no hubiera escuchado, y agregó con firmeza: mañana comenzamos la tarea. Así fue como se empezó a construir el camino, y día tras día se demarcaba la tarea, se hacían planes, se discutían todas las características que debía tener la obra, etc. En el proceso de construcción se llegó a un momento en el que la roca se interpuso ante el avance de la obra. Pero esta circunstancia no desanimó al grupo de trabajadores en sus planes, sino que, por el contrario, trataron de evitar la roca e ir por otro lugar. Así, casi sin darse cuenta, para hacer un nuevo camino tuvieron que ir por otro lado.

A decir verdad, la roca tampoco entendía mucho lo que estaba ocurriendo porque resultaba claro que los constructores no profesaban ninguna intención de destruirla. Acostumbrada a que toda acción posible en el pueblo sólo fuera una reacción contra ella, que la tomaban como el eje de su lucha, se sentía un poco desorientada. Veía con desconfianza a este movimiento y sentía que algo se debilitaba en su interior, pero no alcanzaba a comprender con exactitud las causas.

Sin embargo, el grupo de los resentidos parecía tener el control de la situación pues estaban seguros, y lo proclamaban a los cuatro vientos, que este grupo de innovadores –así gustaban llamarlos con cierta ironía– estaban condenados de antemano al fracaso. Aquí el resentimiento desplegaba toda su eficacia, es decir, mostraba su raíz más íntima, que es la impotencia, ya que con su actitud crítica coartaba una alternativa nueva en curso y de hecho fortificaba la posición de la roca.

Por su parte el grupo de los innovadores continuaba su tarea. Era asombroso ver como de a poquito, casi de manera imperceptible, el paisaje empezaba a modificarse y allí adonde antes había un sólido de granito, ahora se podía apreciar una brecha incipiente que se internaba por las entrañas del sistema.

El grupo de personas que acompañaba a nuestro anciano jefe de los inventores, sobre todo los más reticentes, empezó a tener una experiencia distinta a cuantas otras habían vivido hasta entonces. En efecto, no estaban acostumbrados a la idea, que de hecho estaban practicando, de que para quebrar una situación lo mejor era inventar algo distinto que se sostuviera sobre bases propias, y no tener que estar constantemente a la defensiva con un discurso y una acción que los hacían girar siempre alrededor de lo que combatían. Una de las cosas que más le llamaban la atención era comprobar cómo se liberaban nuevas fuerzas inventivas por la circunstancia de no tener que estar practicando la política del frontón, es decir, no verse obligado a sólo pensar en función de contragolpear a cada golpe o iniciativa del sistema.

Pero una de las novedades que realmente más impactaron en el interior de los inventores, fue la decisión de empezar a reglar sus relaciones como grupo con el mismo principio que los guiaba respecto a la roca. Esto resulta totalmente entendible porque la tarea de hacer un camino implicaba toda una serie de movilizaciones, ideas, iniciativas, y miles de circunstancias más, que debían resolverse colectivamente. Pero ¿cómo?, ¿de qué manera se toman las decisiones? Es fácil darse cuenta que se trataba de inventar nuevas formas de organizarse que estuvieran a la altura de las circunstancias.

Sólo hay memoria en este cuento de dos temas cruciales que fueron subvertidos.

El primero de ellos se fue procesando por una manera singular de discutir. Se comenzaba poniendo la cuestión a considerar bajo la forma de un problema, y esto ya es suficiente para indicar que no se solicitaba a cada integrante que dijera su opinión alrededor de una o varias propuestas, sino que se convocaba a la gente a someterse a un problema y desplegarlo según cada cual. La estrella de las reuniones era el problema y no los que tomaban la palabra. Comenzaba una ronda de exposiciones en la que cada participante exponía sus puntos de vista. Pero lo importante era que las intervenciones no estaban dirigidas a criticar o cuestionar la posición sostenida por tal o cual orador, sino que se centraban en desplegar las potencialidades de cada una respecto a sí misma y al problema en cuestión. ¡Qué escena fantástica! Todo ocurría de tal manera que los discursos en vez de centrarse en las debilidades del otro se nutrían de sus propias posibilidades. En vez de estar atento a lo que el otro decía para luego atacarlo, cada uno escuchaba a su compañero para recoger todo aquello que pudiera abonar o mejorar su propia posición. Así cada cual prestaba la mayor atención al discurso del otro, pero no para derrotarlo en una contienda, sino con el convencimiento de que la manera de pensar de su semejante – capturado como la suya por la potencia del problema– era una fuente de posibilidades para enriquecer su propia propuesta.

Lo asombroso de esta nueva experiencia era que a partir de sucesivas rondas se iba decantando paulatinamente un resultado común que tejía todas las posibilidades que se habían desplegado en razón de este original y productivo método de tratar los problemas. En consecuencia la resolución final estaba basada en la unanimidad, pero no por el número de votos, ni siquiera porque los distintos integrantes reconocieran que esa posición final era exactamente la suya, sino porque el producto final era el resultado de una labor colectiva basada en el principio de desarrollar lo más profundamente cada posición desde sus propias premisas y con el material que brindaban las otras.

El segundo problema crucial que quedó también trastocado fue el que se refiere a la cuestión del poder que siempre se acumula en el que tiene la función de ejercer un mandato. Pero aquí el mandato estaba materializado en la resolución colectiva y no quedaba otro camino que obedecerla, someterse a ella. Por consiguiente fue naciendo en el ánimo de todo el grupo la consigna que para mandar hay que obedecer.

Esta historia va llegando a su fin. Sólo falta agregar que se había configurado una situación por demás confusa. Pareciera que todo lo hasta ese momento conocido en materia de luchas por deshacerse de sistemas intolerables se había trastocado. Por ejemplo, los críticos que chocaban frontalmente contra el sistema, devienen los resentidos que con su impotencia no hacen otra cosa que girar en torno a lo que supuestamente combaten, y al mismo tiempo empiezan a coincidir con el orden establecido por el temor que comparten con él respecto al carácter anárquico de los inventores. El conjunto de la población que los acompañaban, y que se pensaban a sí mismos como víctimas del sistema, comienzan a experimentar que se puede hacer otra cosa, y empiezan a abandonar su estéril mundo privado. Por su parte, el grupo de los inventores, que se dedicaron a hacer algo distinto en vez de estar siempre denunciando a la roca sistémica, percibe que ésta se debilita al no poder encausarlos dentro de su lógica. Finalmente se ven cuestionados por los resentidos. Este panorama, en el que los resentidos y el sistema aunque tuvieran distintos discursos sin embargo jugaban un mismo partido, y en el que los supuestamente poderosos vacilan frente a los inventores que, justamente, no se caracterizaban por basar su acción en una proclama dirigida destruirlos, abría, sin lugar a dudas, un horizonte de incertidumbre.

En la conclusión de esta historia tenemos que destacar una reflexión final del anciano volcada en una de las tantas reuniones abiertas que el grupo mantenía para evaluar los efectos de sus prácticas. En una de sus intervenciones dijo que él creía que lo oscuro de la situación se vinculaba a que se estaba procesando algo que no encajaba en los modos habituales de pensar las cuestiones referidas al destino de los pueblos. Que esa poca claridad, esa difusa delimitación de sus bordes, no era una debilidad sino quizás su fuerza más auténtica. Y remató su idea diciendo que deberá ser una tarea insoslayable de todos aprovechar esta irrupción, que desarticula la hegemonía de una manera de pensar por mucho tiempo aceptada, para producir algo nuevo.

30/10/06

Alimentación y subversión

Alimentación y subversión

¿Sabes lo que comes? El oculto contenido político de la cultura alimentaria


La Comunidad del Río Hablador ha tenido la suerte de involucrarse en el tema de la alimentación alternativa andina en los últimos meses. En ese proceso, organizó junto con el Instituto de Cultura Alimentaria Andina (INCAA) y la Central 5 del Vaso de Leche de Villa El Salvador, el curso “Salud y Nutrición”, como parte del III Foro de la Cultura Solidaria. Nuestro interés por el tema alimentario proviene, probablemente, de un interés anterior en el tema de la hoja de coca, que se ha convertido en los últimos años no sólo en una importante lucha cultural y popular sino, además, en una “moda” entre diversos movimientos políticos. Ese interés, unido a lazos de amistad con personas que trabajan el tema y a un amor quizás aún abstracto por “lo andino”, nos ha llevado por caminos que no esperábamos encontrar. Y fue así como caímos en la cuenta del enorme potencial político y de transformación que tiene la sencilla pregunta: ¿sabes lo que comes?


A grandes rasgos, el curso permitió que aprendiéramos, junto con un promedio de 90 señoras de diversos comités de Vaso de Leche de VES, cómo los alimentos industrializados que estamos acostumbrados a consumir tienen un valor alimenticio ínfimo a comparación de una serie de productos andinos (no sólo nuestra hojita de coca) que tenemos despreciados. Más aún: los procesos a los que son sometidos los alimentos industrializados no sólo les hacen perder valor nutritivo sino que, además, los convierten en muy dañinos para la salud. Con ese marco teórico general, aprendimos dónde encontrar proteínas más sanas (en la carne de llama y alpaca, en la anchoveta o, mejor aún, en una combinación de cereales como el maíz, la quinua o la kiwicha con menestras como el tarwi o las habas); dónde encontrar energía para nuestras actividades diarias (en verduras y frutas cuyo uso hemos olvidado, como la verdolaga, y en tubérculos como la papa y el camote, que deberíamos consumir con cáscara y sin freír); y cómo organizar de manera sana y barata nuestro menú diario en desayunos, almuerzos y cenas. Aprendimos, además, que alimentos industriales no vale la pena consumir en exceso porque no alimentan o porque son dañinos: harina refinada (es decir, pan blanco y fideos), arroz blanco, frituras, leche evaporada…


Ahora bien, ¿a qué nos referimos cuando hablamos del “oculto contenido político de la cultura alimentaria? Las ideas que hemos resumido en el párrafo anterior tienen consecuencias altamente transformadoras al menos en 6 aspectos.


(1) La primera constatación es que la cultura andina, subalternizada como ha sido por el sistema de poder mundial desde la conquista de América por los españoles, tiene enormes conocimientos que aportar a la humanidad. Sabemos desde el colegio que fue gracias a la papa que Europa se salvó de la hambruna que la asolaba. Pero lo interesante es que no se trata sólo ni principalmente de productos, de materias primas que tengamos en abundancia. En efecto, tenemos una riquísima variedad biogenética, una despensa valiosísima. Pero lo que los andinos tenemos para aportar en este campo no son sólo productos, sino el conocimiento desarrollado en estas tierras durante miles de años, que permitió la experimentación genética, la generación de muchas variedades de cada producto y la correcta combinación de los mismos para la buena alimentación. El hecho de que la papa seca, el chuño y el tokosh sean productos derivados de la papa de muchísimo mayor valor que otros productos derivados contemporáneos como la papa frita o el puré, demuestran suficientemente que lo que tenemos que recuperar y revalorar es el conocimiento andino. Obviamente, la mayoría de peruanos y peruanas ha tenido acceso a esos conocimientos, quizás en su infancia, a través de las costumbres alimentarias del hogar. La imposición urbana del arroz blanco, la leche, el pan blanco, el aceite, las carnes rojas (porque el chuño o la mashika es “alimento de serranos”, como confesó una señora en la primera sesión del curso) tienen grandes implicancias a nivel subjetivo en la autoestima o autoconfianza de las personas en su propia cultura. Los actuales pobladores de la ciudad, hijos de migrantes, han sufrido un proceso de renuncia a sus antiguas costumbres de alimentación y de imposición de otras, occidentales… y ahora están peor alimentados y sufren más enfermedades. Rescatar los conocimientos alimentarios andinos tiene, por lo tanto, grandes consecuencias en la autoestima de las personas y en el desarrollo de una suerte de “nacionalismo” práctico y cotidiano. Consumir un ponche de quinua con frutas y cancha con mote en el desayuno en lugar de café con leche y pan Bimbo con mermelada no sólo es más sano y más nutritivo. Es afirmar con orgullo que los andinos hemos desarrollado un conocimiento alimentario muy superior a la terrible ignorancia de, por ejemplo, el país del Mc Donalds, que parece haber monopolizado otros aspectos de la ciencia.


(2) Capitalismo y alimentación parecen, a simple vista, incompatibles. Hay una serie de pésimas costumbres alimentarias contemporáneas que tienen su origen en que, para el mundo de los negocios, es más eficiente malograr el producto que preocuparse por la buena salud y nutrición del consumidor. Un buen ejemplo es la harina de trigo refinada (es decir, se le extraen el salvado y el germen), que es un producto que no alimenta y que es puro almidón, lo que tiene consecuencias terribles para el sistema digestivo (como el estreñimiento). Evidentemente, las empresas no hacen esto por “maldad”: simplemente, resulta que la presencia del salvado y del germen hace que la harina se malogre en un tiempo menor que cuando esta ha sido refinada, siendo más rentable para la empresa que el producto le dure más tiempo. El problema es que aquí vemos claramente que la lógica del capital (maximizar utilidades, minimizar costos) es incompatible con la buena alimentación. Esto no ocurre solo con la comida: la lógica del capital es incompatible también con el sistema de salud, con el sistema educativo, con el buen cuidado del medio ambiente… Sin embargo, el pensamiento hegemónico dice que el mejor camino para el desarrollo de la sociedad en todos sus aspectos es el “libre” mercado. La alimentación es un ejemplo muy concreto y cotidiano de que eso no es así y de que, cuando menos, hay aspectos de la vida en los que la lógica del mercado es muy perjudicial y en los que la lógica del bien común es la que debe ser hegemónica.


(3) El sistema mundial de comercio le hace el juego a poderosos intereses comerciales y, de paso, a la mala alimentación. Nuevamente el ejemplo del trigo refinado es bueno. ¿Cómo así? Bueno, por el hecho de que la harina de trigo… es una de las principales agroexportaciones de EEUU. Además, EEUU subsidia su producción de trigo. De esa manera, inunda el mercado de nuestros países e impone “culturalmente” la costumbre de consumir fideos y pan blanco… y de no consumir otros productos mejores. Pero así como hablamos del trigo podríamos hablar de otros productos. La leche, por ejemplo, que es otra industria internacionalmente poderosa: en el antiguo Perú no se solía consumir leche y países como China no tienen una gran industria láctea. Sin embargo, como hay poderosos intereses en juego, se nos ha convencido “ideológicamente” que hay que tomar 3 vasos de leche al día. Otro buen ejemplo es la soya: la soya es buena, pero tampoco es la panacea. Sin embargo, ahora que EEUU cultiva muchísima soya (mucha de ella transgénica), nuestros mercados se ven inundados con “la proteína de la buena salud”. En realidad, aquí estamos relacionando el primer y el segundo punto: el capitalismo transnacional, es decir, el “libre comercio”, no es un buen aliado de la alimentación por cuanto el principal valor es el negocio de los países poderosos y no el rescate de los valiosos conocimientos que nuestra cultura tiene por aportar. Pero esto va ligado al hecho de que una política activa de promoción de la alimentación andina es, también, una oportunidad para reactivar el agro peruano y hacerle frente al dumping de países como EEUU y Europa.


(4) Al Estado no le interesa la buena alimentación de los peruanos. Todo el sistema estatal-social de apoyo alimentario tiene deficiencias terribles, denunciadas por las propias madres asistentes al curso. Por ejemplo, la falta de flexibilidad de los programas de Vaso de Leche, que obligan a las madres a entregar a los niños dosis muy exactas de avena azucarada con leche. El Estado no tiene una política de mejorar la alimentación de los peruanos, simplemente busca cumplir con su “tarea” de brindar apoyo alimentario. El Estado no estudia ni apoya los estudios sobre alimentos andinos, no promueve su consumo y, por el contrario, obstaculiza la difusión de productos como la hoja de coca porque prioriza compromisos políticos con el país del norte. Más bien, son otros países los que están estudiando y robando el conocimiento tradicional sobre esos productos que el Estado no protege, a través de mecanismos como el TLC y los tratados sobre propiedad intelectual. Esto va de la mano con el hecho de que programas sociales creados con muy buena voluntad han terminado desvirtuados (es el caso del Vaso de Leche). Una bandera política de las organizaciones sociales de base, en particular de las mujeres, podría ser exigir al Estado incorporar alimentos andinos en el apoyo alimentario.


(5) ¿Y por qué ni al Estado ni al gran capital le interesa tener pueblos bien alimentados? Quizás si pensamos en que sólo pueblos bien alimentados pueden aprovechar mejor los sistemas educativos, tener más energía, organizarse más, tener más fuerza para luchar y, finalmente, tomar la historia en sus manos, podemos hacernos una idea. Quizás no haya más subversivo que promover la buena alimentación en los sectores populares, para que con salud y energía puedan organizarse para analizar su situación y transformar la realidad.


(6) Para tener una buena alimentación, es necesario dedicarle tiempo. La vida que el sistema nos vende significa trabajar más de 8 horas diarias, almorzar en la calle, desayunar tarde mal o nunca y nunca, jamás, planificar qué quiero comer este mes. Si no hay una persona que organice nuestra comida, la dejamos en manos de la dinámica diaria y, de inmediato, empezamos a sufrir de gastritis, estreñimiento, anemia, etc. Reivindicar la necesidad de tiempo para comer bien, tiempo para descansar, tiempo para recrearse, tiempo para disfrutar de la familia, de los amigos y de la vida, tiempo para hacer arte, tiempo para estudiar… es también algo muy subversivo. Hoy en día el tiempo libre es un lujo y todos vivimos sometidos a trabajar para otros (para nuestros jefes, o para tener dinero para pagar a otros). Una vida distinta y otro mundo posible son, necesariamente, aquellos en los que las personas podemos disfrutar con más libertad sobre nuestro propio tiempo.


Sí pues, quizás no haya nada más subversivo que subvertir la vida cotidiana. A diferencia de términos genéricos como “imperialismo” o “capitalismo”, o procesos que parecen no tener ninguna relación concreta con las personas, como “el TLC” o “la nacionalización de los hidrocarburos”, la alimentación es algo a lo que todas las personas nos enfrentamos día a día. Nuestros alimentos los podemos tocar, ver, sentir, saborear. Y nuestros alimentos forman parte de una larga cadena y de un gran sistema mundial que subalterniza a todas las culturas que no son occidentales, que tiene como única ley el máximo beneficio económico, que encima se sustenta en una estructura comercial injusta, todo ello con anuencia del Estado y con terribles repercusiones en las posibilidades de desarrollo de las personas. La alimentación es un nexo cotidiano entre mi vida particular y el sistema global. La alimentación es la mejor expresión de la forma en que nuestras vidas cotidianas y nuestras subjetividades han sido colonizadas por el sistema.


runa

Comunidad del Río Hablador